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Hoy hemos conocido la muerte de José Luis Sampedro. ¡Va por él!

“¿A que no cruzas la plaza conmigo una tarde? ¿A que te da reparo de la gente?” ¡Figúrate mi contestación: ahora mismo! Me daba igual perder a la Rosa y a todo, porque hablé seguro de perderla. Pero la Salvinia sabía más del mundo, lo preparó en grande, una tarde de sábado. A la vuelta de la labor, con bebedores a la puerta de Beppo y la cola de hombres para afeitarse con Aldu, y hasta el cura con las beatas en los escalones de la iglesia. La hora grande en la plaza. ¡Allá va! Aparecí con la Salvinia. Se me cogió además del brazo, un escándalo, eso se hacía sólo con los maridos. Cruzamos despacio por lo más largo, desde el cantón de Ribbia hasta la esquina del Municipio... ¡Qué desfile, niño mío!, ¡como si tocaran trompetas! Las beatas
 volvieron las espaldas, los hombres como estatuas. Todos: los que ella no quiso para nada y los que había gozado y despedido, que todos, por sí o por no, llevaban a la Salvinia en sus entrañas. Ella y yo mirando a la gente, yo pensé “ahora se cae la torre con este nuncavisto”. Pero ni siquiera la campana. ¡Hasta el reloj dio las seis como repicando a nuestro pasar! Despacio, ya te digo, y al final algunos hasta saludaron de puro azorados. ¡Qué golpe! Aún se recuerda...


El viejo se lleva las manos al vientre y mira en torno.
«¿Tú también, Rusca? ¿Estás oyéndome? Seguro que no comprendes. Brunettino tampoco, claro. No sabéis que la Salvinia había respetado siempre la plaza. Desde que enviudó al ahogarse su marido en el caz había hecho su capricho, sin importarle nadie, pero respetando la plaza porque es el pueblo. O quizás por la iglesia, que hasta la más brava tiene esas ideas de mujer. Sola no iba nunca allí por la tarde, ni tampoco había querido con otro; respetos o vete a saber. Pero conmigo se empeñó. “Contigo saco mi culo y mis tetas al sol de la plaza con la frente bien alta, que ellos son todos peores y ellas ninguna tiene lo que yo. Verás cómo eso te sube a lo más alto y te casas con la Rosa. No hay como ponerse el mundo por montera...”

La Sonrisa Etrusca. José Luis Sampedro. 1985.

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